Momentos únicos como la Bajada del Ángel, el Descendimiento o la Procesión del Silencio, maridan a la perfección con una ciudad que tiene arte, cultura y gastronomía.
Como cada año, Aranda de Duero se prepara para su semana grande. La cotidianidad y la rutina del día a día que hay cada mañana en esta ciudad burgalesa deja paso al caer la tarde para el silencio, el recogimiento y la reflexión. Centenares de arandinos preparan sus túnicas y uniformes, para acompañar en un reverencial y respetuoso silencio a sus veneradas imágenes y pasos, cautivos por la emoción y el fervor. Saben que su Semana Santa es una ocasión única, y llevan todo el año esperando para vivirla y hacerles vivir a los visitantes unos días de intenso ir y venir por procesiones en los que no se oye más que el sonido de tambores y cornetas, junto con un mudo clamor de emoción…
Es sumamente difícil armar un relato que refleje toda la emoción, el sentir y la devoción que genera una semana al año en una localidad como Aranda de Duero. Una ciudad acostumbrada a celebrar con júbilo sus grandes fechas que, sin embargo, una vez al año vive con un curioso corsé emocional que aglutina sentimientos como la fe, el respeto, la reflexión y la devoción, y que se libera en un estallido de júbilo cada Domingo de Resurrección con la Bajada del Ángel…
Porque hay momentos en la Semana Santa de Aranda de Duero que la convierten en imprescindible para devotos o simples amantes de la cultura y las tradiciones. La Bajada del Ángel, orgullo de los arandinos, explica muy bien su fervor y amor por estas fechas. Toda la plaza a los pies de la monumental Iglesia de Santa María conteniendo el aliento mientras la Virgen, cubierta con un velo negro, espera en silencio, la llegada de un Ángel, encarnado por un niño o niña de apenas tres o cuatro años, que desciende desde siete metros de altura. Retira el velo, se encuentra con su hijo Resucitado, y la plaza estalla en júbilo y, por un momento, el tiempo parece detenerse.
El camino hasta aquí ha sido todo un carrusel de emociones. Con hitos como la procesión del Silencio, que cada Jueves Santo cruza el río Duero regalando al espectador una estampa de inusitada belleza. Hay un halo de leyenda sobre esta imagen, denominada el Santísimo Cristo del Milagro, que la convierte en un verdadero tesoro, ya que cuentan que, durante la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia, un soldado francés osó alzar su mano para abofetear la imagen, con el infortunio (para él) de que su brazo fue inmovilizado en el acto por acción divina.
Si viajamos aún más atrás en el tiempo, al siglo XVII, hallamos una tradición que nos ha acompañado hasta nuestros días. ‘El Descendimiento’ convierte cada Viernes Santo en una bella obra inmaterial, en la que los cofrades desenclavan de la cruz a Cristo muerto, una imagen articulada que desde 1624 protagoniza uno de esos momentos que eriza la piel, da igual cuantas veces lo presencies.
Hay más momentos que vivir en Aranda de Duero durante estos días. La ciudad recibe al viajero con los brazos abiertos, deseosa de compartir su fiesta, su cultura, tradiciones e historia. Aunque, Aranda de Duero no sería la misma si no fuera un verdadero referente gastronómico. Asadores y restaurantes que se llenan de comensales ávidos de probar sus mejores creaciones gastronómicas. Son ya populares sus torrijas y su limonada, que, durante estas fechas, los establecimientos se afanan por ofrecer sus versiones en una ruta de la torrija y la limonada que va ya por su cuarta edición. La ‘limonada’, elaborada a base de vino de la D.O. Ribera del Duero y acompañada de una esponjosa torrija, son el broche perfecto a un menú en el que, por supuesto, debe tener su espacio el fabuloso lechazo asado de Aranda de Duero. Toda una delicia que atrapa al comensal desde que le sirven una bandeja de barro con un cuarto de la mejor carne de lechal de la comarca y queda prendado de su aroma, su hipnotizante tostado y su inconfundible sabor. Un regalo para los sentidos.
Aranda de Duero es mucho más que un destino gastronómico o histórico. Es un lugar donde la Semana Santa se vive con una intensidad que cambia a quienes la experimentan. Una fiesta que no se limita a lo religioso, sino que abraza la cultura y el arte, formando parte de su identidad y sabiendo transmitir su pasión con autenticidad.
Más información: www.asohar.es
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